domingo, 16 de junio de 2013

El fin de semana más largo del mundo I

La madrugada del domingo indican que hoy se celebra el día del padre.
Y después de un sábado como el de ayer, este festejo pega de una manera muy diferente.
Aunque suene estúpido, recuerdo que soy padre y fui hijo.
Tres generaciones con un mismo apellido y una sola camiseta. Tres generaciones con un amor compartido, y con tres vivencias distintas sobre ese mismo amor que nos une. Arturo, mi viejo, vio todo lo mejor hasta el día que se fue sobre comienzos de los ochenta.
Yo vi gran parte de lo mejor, desde principios de los setenta.
A Axel le tocó la peor parte, muy poco de lo bueno y todo lo malo.
A Arturo le agradezco haberme contagiado esta pasión, a Axel le tendré que pedir paciencia para que no me reproche haberlo embarcado en esta aventura de tener una pasión a la que nada se le pide y por la cual mucho se sufre.

Casi todas las fotos que ilustran estas líneas son personales. Tan personales como esta tristeza. Fueron tomadas camino a la cancha, ese camino que ya hicimos los tres. Lamentablemente nunca lo pudimos caminar juntos , pero en esa tarde sentí que esta caminata la hacía la familia completa
Esta es la calle Crisologo Larralde, la continuación de la Av. Rivadavia en dirección a las vías de Ferrocarril Roca. Durante muchos años la cruzamos con Arturo, a través de un clásico agujero en los alambres que todos conocían como atajo para evitar las escaleras que te llevaran a los siete puentes y así evitar más de diez minutos de caminata que pudieran provocar llegar tarde al comienzo de cada partido.
Esta es la cancha de fútbol del Club Barracas al Sur, que tras cruzar las vías del Roca sirve para cortar camino hacia la calle Alsina. Un cancha usada como estacionamiento con un puestos de bebidas y choripan que en la previa del partido los hinchas de independiente utilizan para calmar su hambre y su sed. La última parada para tomarse una cerveza, punto de reunión de grupos de amigos para iniciar el camino hacia el estadio.
La calle Alsina,frente a los monoblocks,  donde se encuentran las entradas a las plateas y la popular sur. Allí, una vez superados los cacheos de la policía, ingresas al  Libertadores de América. 
Allí culmina, lo que definitiva fue nuestra última peregrinación a la espera del milagro. En una tarde fría pero soleada, esperamos que lo que todos sabíamos casi como inevitable no ocurriera.
Y  esa caminata con poco de esperanza y mucho de melancolía desemboca en un pasillo con fotos que contienen como marcas en el alma casi toda mi historia con esta camiseta.
En el pasillo a cielo abierto, camino a las puertas de acceso al estadio, una de las primeras fotos que aparece es la de Arsenio Erico. Icono del goleador, artillero paraguayo hasta hoy no superado en campeonatos argentinos en esa obsesión por vencer arqueros. Una de las primeras sentencias paternas que puse en duda, "Cabeceando, saltaba más alto que los arqueros" decía Arturo y mi incredulidad sobre tal afirmación duró hasta poder ver de los pocos documentos gráficos de la época. Allí pude observar que mi viejo no mentía, Erico le birlaba la pelota en el salto a los arqueros, cabeceaba sobre la altura de las manos de aquellos que durante muchos años no tenían otro número sobre sus espalda que el número uno. Con esa anécdota y con muchas otras que me contaba sobre los grandes jugadores y equipos que tuvimos en décadas en que yo no existía, fui cimentando mi pasión. Arturo las contaba con una pasión que lo transformaba, y que me iban transformando a medida que las iba escuchando. Micelli, Lacasia, Ceconatto, Grillo y Cruz; era el paradigma de una delantera mortífera. El gol de Grillo a los ingleses en cancha de River, con la camiseta argentina. Los triunfos en Brasil y Avellaneda, ante el Santos de Pelé. Las terribles batallas contras los uruguayos por la Copa Libertadores. Rolán, Navarro y Mura peleando hasta la última pelota; llevandose todo lo que había que llevarse por delante para que el Rojo, empezara a ser el Rey de Copas. La dignidad en las derrotas contra el catenaccio del Inter de Helenio Herrera. Historias retratadas en color sepia, imaginadas en blanco y negro y que empiezan a aparecer en la entrada a la cancha, con la moletia que provocan a la vista que los ojos se me empiecen a humedecer.

Las fotos con todas nuestras copas, y de las cuales esos dos pibes que aparecen en el retrato no vieron ganar casi ninguna. Quizas lo mejor de esta imagen, se encuentra fuera de la escena. Es el padre orgulloso, que detrás de la cámara de fotos se refriega los ojos, quizás producto de los rayos del sol y muy posiblemente emocionado por compartir con su hijos esta tarde en que, cualquiera fuera resultado, los encontró juntos y que posiblemente viva en su memoria hasta el últimos de sus días.

Ricardo Bochini, nuestro héroe  chaplinesco. Con él, conocí lo que era el placer de ir a la cancha. Podía estar ausente del partido ochenta y nueve minutos, hasta que llegaba el momento en que decidía frotar la lámpara y a pura gambeta siempre un compañero se encontraba con la pelota en sus pies, producto de sus pases puestos entre un mar de piernas contrarias. Hizo goleadores a todos los nueve con que compartió ataque. En un pared interminable con Bertoni, nos hizo campeones del mundo ante la Juve. Un final jugada en un solo partido y de visitante. Convirtió el gol del empate en la heroica noche cordobesa en la que con tres menos empatamos un partido que se consideraba imposible de empatar. Fue el autor de los dos goles en el partido de vuelta ante River, que nos coronó campeones del Nacional setenta y ocho. Nació al fútbol y se retiró de la actividad con la misma camiseta; la nuestra. Es el símbolo de Indepenidente. Del mejor Independiente, de aquel nunca debimos dejar de ser.
Esta galería cierra con  el desenfrenado festejo de Pusineri, después del cabezazo que posibilitó el empate ante Boca en la doble visera a cinco minutos del final. El gol que nos abrió la puerta a nuestro último campeonato local que terminaríamos logrando en el Nuevo Gasometro en la última fecha. Un gol que aún sigo gritando, el que significó liberar nuestra euforia después de ocho años de sequía. Ante el rival al que siempre le queres ganar, y si es de manera injusta; mejor. 


Estas dos fotos, obviamente ya dentro de la cancha, son un reconocimiento a las decena de  miles que fueron al Libertadores de América casi como en un acto de resistencia. En una reafirmación de nuestra entidad. Alentando hasta media hora después que el descenso era un hecho consumado. A los que como yo, buscaron cualquier excusa para no irse de la cancha; cuando el resultado puesto, las sombras que ya ganaban toda la dimensión del estadio, el frio y el desencanto invitaban a estar en un lugar más reparador. Un homenaje a toda esa gente que fue para bancarse la peor noticia y ante el dolor, solo atinar a putear a un par de responsables de este desastre. Un homenaje a los que el peor momento de la historia del club, alentaron y reconocieron a esos ocho pibes surgidos del club que se tuvieron que bancar este trago amargo cuando los veteranos no supieron estar a la altura de la circunstancias. 
Un reconocimiento a todos los que estuvimos, porque supimos soportar del descenso sin recurrir a la irracionalidad de la violencia.
Este quince de junio de dos mil trece, tiene muchas más imágenes para ser contadas. Esta fecha tiene muchas variables para ser escritas. Deberán esperar, la tristeza es un sentimiento que dificultar mucho tipear palabras.  No va a faltar tiempo, en este fin de semana durisimamente prolongado.



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